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La publicidad, aparte de mágica, llega a ser devastadora. Mientras películas mainstream acaparan la atención de una mayoría de espectadores, joyas más valiosas quedan a la espera de ese público potencial que merecen. Callback trata precisamente de esa ilusión que barre con todo, que logra que un objeto precioso quede injustamente marginado por carecer de un gran soporte publicitario. Y, como tal, transcurre en ese tempo en el que reinan las apariencias. Ya no es el propio individuo quien respira, sino su doble; no es la existencia lo que uno experimenta, sino un atractivo simulacro. Larry, el personaje protagonista es, en realidad, Pedro, un actor chileno que sobrevive en Nueva York trabajando en una empresa de mudanzas, mientras va engominado día y noche, siempre dispuesto a acudir a castings en agencias publicitarias tratando de vender su voz. Su fatiga se compensa con la fe. “No se puede poner techo al sueño americano”, dirá un pastor para exaltar a sus feligreses. O, como dice el leit motiv musical que acompaña al héroe: “Gira, el mundo gira en un espacio sin fin”, esa oda que Jimmy Fontana cantaba a mediados de los ’60 y que también le sirve en un momento desesperado para adquirir una nueva identidad: Roberto Fontana.

El protagonista de Callback vive en una ciudad deslumbrante, pero también canalla, un lugar que alberga grandes de sueños, pero también muchas pesadillas. Nueva York es, sobre todo, un espacio de resistencia. En una de sus innumerables fachadas, podemos leer: LOVE ME. Lo mismo podemos decir de Pedro, Larry o Roberto. Reclama nuestra presencia y adhesión, y la cámara nos hace cómplices de cada una de sus mutaciones. Viajamos de copilotos en su vehículo de trabajo; oímos con él cada tren que pasa, que pierde; presenciamos sin cortes, respetando siempre nuestra posición, cada salida de tono. Y es que, como ocurre en el cine de Mike Leigh, el actor es también autor. Que la interpretación de Martin Bacigalupo sea tan asombrosa se debe a una gran implicación con un film donde es también coguionista, coproductor y hasta director de casting. El director catalán Carles Torras inserta al actor en un microcosmos proclive a un positivismo falso, donde él mismo repite y acaba haciendo suyo un mantra publicitario: “la solución a tus problemas”. “Mis problemas”, se dirá a sí mismo, asumiendo que no hay más limitación que la que uno se impone. Por contra, el cineasta señala su error reencuadrándolo en casi todos los planos, reforzando los límites reales que insiste en ignorar. Por eso lo sitúa frente a un espejo o le rodea de paredes, ventanas, hasta dejarlo atrapado en la pantalla de una cámara. En Callback, se da la certeza de un mundo higiénico pero también menos tangible, más pendiente de su imagen. Muestra de manera muy cruda la histeria que supone respirar una atmósfera que, por un lado, parece poner al alcance sus mejores frutos, pero luego se revela inhóspita, calculada, fría y, sobre todo, ajena a todo contacto humano.

Daniel Gascó